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A principios de los 90, un pequeño grupo de escritores angloparlantes lideraba el mercado de ventas y adaptaciones al cine de obras de ficción. Se trataba de James Patterson (la saga de Alex Cross), Michael Crichton (Congo, Jurassic Park), Tom Clancy (la saga de Jack Ryan), John Grisham (La firma, El informe Pelicano, Tiempo de matar, El cliente,  y un amplio  buffet de películas sobre litigantes, jueces y fiscales), y, desde luego, Stephen King, escritor con el que nos ahorramos el paréntesis.  La brecha del éxito  se hizo muy pronto corta, y King, con su vasta obra, tomó el liderato; no por nada esgrime el record de más adaptaciones hasta la fecha.

En ese sentido, el ahora aclamado remake de It no obedece a ese consabido capricho de Hollywood  de rizar el rizo (o puede que sí), sino que responde a una necesidad de formato: el It que desveló a una generación de muchachos imberbes tuvo formato de culebrón, o miniserie, y pese a su laureado éxito, una de las obras más polémicas y extensas de King merecía un espacio en la galería del Séptimo Arte. Máxime en los años de las superproducciones y del paroxismo del CGI.

Dicho lo anterior, nada mal desempolvar esos viejos clásicos  donde el autor hace algunas apariciones, caso puntual de Cementerio de mascotas (1989); cabe decir que King no deleita a sus hordas de fanáticos con cameos casi omnipresentes a la usanza de Stan Lee en el universo Marvel. No, King se deja ver cada que dos veces un relámpago le atina a la misma lápida; eso sí, lo hace sin contar con mucha gracia para la actuación, basta con observar su participación en Creep Show (1982).

Lo cierto es que la cosa del hombre está en la tinta, y no solo en el rubro del terror: Stephen King ha probado con creces que es versátil a la hora de afrontar temáticas incruentas y cuasi juveniles, como para sentarse en el sofá con la familia en pleno; quien sea incrédulo bien pude pasear la vista por títulos como Sueños de fuga (1994), Corazones de Atlantis (2001), o Cuenta conmigo (1986). Así, como resultado de esta capacidad, sublime y adaptativa en dosis similares, podemos disfrutar de trabajos extraordinarios como la perturbadora Misery (1990), la miniserie It (1990),  uno de los hitos de Kubrick, El resplandor (1980), hasta  indigestas y absurdas propuestas como Maximun Overdirve (1986), The Mangler (1995), o Los langoliers (1995). Dicho lo último, de esa fracasada metempsicosis entre automotores diabólicos, lavanderías poseídas y viajes en el tiempo  solo se salva la entretenida y carismática Christine (1983).

Con todo y ello, el también creador de la terrible Carrie White se mantiene en el juego; de hecho, este 2017 puede considerarse un año exitoso en términos de adaptaciones: a la fecha contamos con El juego de Gerald, 1922, la ya mencionada It y La Torre Oscura. Todo apunta a que hay King para rato, su prolija obra sigue en el ojo de los grandes estudios y de los grandes directores, y eso que muchas de sus historias ya están entradas en años.

A propósito de lo último, tenemos La Torre Oscura. No hace unas décadas (en la primera entrega de La Torre Oscura: El pistolero) King les decía en tono confesional y fatalista a sus lectores que posiblemente no terminaría su opus magnum. Sí, esa misma obra que, en manos de  Nikolaj Arcel, aguó la fiesta a sus seguidores más fieles. Pero siguió vivito y coleando pese a un casi fatal accidente de tránsito y tendría desde entonces una promisoria y fecunda carrera en el mundo de las letras hasta lograr culminar su, al parecer, interminable historia de miles de páginas y siete entregas. Por desgracia, en cuestión de adaptación a la pantalla grande, La Torre Oscura fue todo un prolegómeno desgastante, atiborrado de deserciones ―JJ Abrams uno de ellos—, de falsas noticias, problemas de producción y desacuerdos entre estudios y productores que duraron casi una década. ¿El resultado? Una película que hace aguas por todos lados y que ni el carácter de Idris Elba (Roland Descahin) o Matthew MacConaughey (El hombre de negro) lograron salvar del inevitable naufragio... bueno, la taquilla hizo su jugada.

Y no era para menos, de todas sus obras, La Torre Oscura es el hueso más duro de roer, sin importar la plataforma narrativa de la que parta. ¿Le desvela este fracaso a King? En lo absoluto, nos atrevemos a pensar que,  puede que su mentalidad pragmática lo convenza de vender los derechos de sus obras sin inmiscuir sus narices en las adaptaciones, cosa que no ocurre cuando su obra va directo a las planchas de las editoriales: en ese asunto se mantiene indoblegable, no permite que le remienden ni una J.


Además, el fracaso de La Torre Oscura ante la crítica  cineasta también se puede exculpar toda vez que los lenguajes narrativos (cine y literatura en el caso particular) no tienen por qué compartir el mismo ADN. Por su esencia audiovisual y de consumo colectivo in situ, la gran pantalla parte del consenso y la exclusión de ambigüedades; en tanto la literatura posee la pimienta de la subjetividad desde su creador, las noches insomnes del hermeneuta que se devana los sesos buscando subtextos, o desde la singular y privada focalización que otorga el lector a lo que lee (o el color con el que dota la voz de los personajes). Por el contrario, una puesta en escena frente a una cámara requiere un juego consensuado de intersubjetividades, esto es, un guion, un productor, un director, un director de fotografía, otro de montaje, un editor de sonido y otro más quien maquine el vestuario…, mejor dicho una armonía sin reparos; minucias que, dicho sea de paso, ya son del dominio de quien, con su poder de demiurgo, escribe frente a la hoja en blanco.

Ante tales empresas, por eso algunos lo llaman el 'Maestro del Terror', algunos otros, más temerarios, como el que más, proponen un Nobel para King, ya que no Murakami. ¡Ni más faltaba! Y aunque, literariamente hablando, no esté a la altura de autores como Lovercraft, Machen, Poe, Shelley, o Stoker,  nadie duda de que ningún otro  ha calado en la gente como lo ha hecho él, y ninguno representa las capas sociales, la cultura de consumo y la psique del americano promedio —una especie de Bruce Springsteen del género de terror—; sus libros son todo un manual de la American way of life con todas sus aristas, representan lo destacado y lo underground del ciudadano  estadounidense que habita de costa a costa; en otras palabras, King ofrece una entretenidísima narrativa a caballo entre el country, la perdida de la inocencia y la confrontación con los horrores de la vida adulta y  un hot dog de medio dólar. 

La inacabada veta de King 

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Por Andrés Valencia

Profesor de Letras
Colaborador Revista Acine

La primera revista de cine comercial en Colombia

Amante a rabiar del cine, el jazz, la literatura y de las horas interminables frente a una hoja en blanco y una pluma.  A la sazón, me dedico a la redacción freelance, encontrando ocupación en el rubro del turismo. Debo decir con absoluta franqueza que soy un escritor novel, sin ninguna obra editada, ni tan siquiera un blog donde amigos y familiares que, por bondad y discreción, se avengan a leer mis cuartillas. No obstante,  puedo decir a mi favor que mi pasión por las letras me ha llevado desde temprana edad a recrear mundos y personajes que se deslizan indeterminadamente entre una suerte de géneros. Prueba fehaciente de esto lo es la elección de mi vocación profesional.
a vuelo de pájaro, en las siguientes líneas se trata de elucidar la influencia de Stephen King en el cine actual, en especial en esa veta llamada a consumir palomitas y tiquetes para un domingo familiar; se menciona un poco de todo, desde sus más celebres películas, hasta las más infumables. Además, se ofrece un rápido vistazo al porqué del estruendoso fracaso de una cinta tan anticipada como lo fue Dark Tower. 

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